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La diversidad también vive en los pueblos pequeños

Cuando se habla de diversidad y de la realidad LGTBI, la atención suele centrarse en las grandes ciudades. Parece que estos asuntos pertenecen únicamente a los entornos urbanos, donde existe una mayor visibilidad y donde los debates sociales tienen más presencia. Sin embargo, la realidad es que la diversidad también forma parte de nuestros pueblos.

 

Los municipios pequeños tienen características propias. Aquí nos conocemos todos, compartimos espacios, celebramos las mismas fiestas y convivimos día a día. Esa cercanía puede generar una sociedad fuerte y solidaria, pero también hace que cualquier diferencia sea más visible. Precisamente por eso, el respeto y la convivencia adquieren una importancia especial.

 

Durante muchos años hubo personas que sintieron que debían marcharse de sus pueblos para vivir con mayor libertad o para evitar determinadas miradas y comentarios. Afortunadamente, la sociedad española ha avanzado mucho y hoy existe una mayor comprensión hacia realidades que antes permanecían ocultas. Aun así, todavía quedan situaciones que invitan a la reflexión, especialmente cuando hablamos de jóvenes que crecen en entornos rurales y que merecen sentirse aceptados tal y como son.

 

Creo que el reto no consiste en importar a nuestros pueblos la polarización que con frecuencia domina el debate nacional. Los vecinos no necesitamos enfrentarnos unos a otros por cuestiones ideológicas. Lo que necesitamos es convivir, respetarnos y trabajar juntos por el futuro de nuestros municipios. La igualdad y la dignidad de las personas no deberían ser patrimonio de ninguna opción política concreta.

 

En un pueblo de 800 habitantes las prioridades diarias suelen ser muy claras: mantener los servicios publicos, generar oportunidades para los jóvenes, apoyar a nuestros mayores y luchar contra la despoblación. Pero precisamente porque queremos que nuestros pueblos tengan futuro, debemos aspirar a que cualquier persona pueda desarrollar aquí su proyecto de vida sin sentirse excluida.

 

La mejor forma de construir una sociedad abierta no es a través de la confrontación, sino mediante la normalidad. Cuando dejamos de ver etiquetas y empezamos a ver personas, descubrimos que tenemos mucho más en común de lo que nos diferencia. Al final, todos compartimos las mismas preocupaciones, los mismos afectos y el mismo deseo de vivir con tranquilidad y respeto.

 

Estoy convencido de que el mundo rural tiene mucho que aportar en este sentido. Frente a la crispación que a menudo domina la conversación pública, los pueblos pueden seguir siendo espacios donde prevalezcan la cercanía, el sentido común y la convivencia. Lugares donde cada vecino sea valorado por lo que aporta a la sociedad y no por aspectos que pertenecen a su esfera más personal.

 

Porque la fortaleza de un pueblo no reside en que todos sean iguales, si no en que todos se sientan parte de él.

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